Introducción

Este blog nace desde el más profundo fanatismo hacia el género zombie. Con él quiero intentar dar respuesta a una pregunta que me formulo siempre que leo, veo o juego a una historia relacionada con el Apocalipsis Zombi: ¿Qué es de todas las personas que se esconden en sus casas? Es decir, el protagonista huye, muere, lucha o incluso encuentra el amor, pero ¿Y todas las personas que le ven pasar en su coche, huyendo de las hordas de muertos, desde sus casas? Atrapados. Sin saber qué hacer. Preguntándose si ellos también deberían salir e intentar llegar a alguna parte, o deberían quedarse en casa esperando una ayuda que cada vez parece menos probable, mientras los suministros se agotan. Llega un momento en el que hay que decidir.

En este blog, por lo tanto, no encontrarás un héroe. Habrá muchos héroes anónimos. Que consigan su propósito y se salven o que mueran devorados. En este blog el protagonista no es una persona. El protagonista es el Apocalipsis Zombi. El Tiempo de los Muertos ha comenzado.

XXX. Aeropuerto de San Sebastian, Fuenterrabía, Guipúzcoa.



2 meses atrás.

La comarca de Bidasoa-Txingudi, antaño importantísimo puerto de comercio romano, cobró nueva relevancia tras la llegada de las hordas de muertos. La comarca más pequeña de Guipúzcoa se convirtió, de la noche a la mañana, en uno de los puntos estratégicos de mayor valor de la geografía española.

En pleno inicio del fin, cuando las imágenes de muertos andantes inundaban Internet y quedaba poco para el gran estallido, todos los gobiernos de Europa intentaron coordinar una respuesta, a la que bautizaron "hoja de ruta zombi", un plan maestro que se debía debatir y aprobar en el parlamento de Bruselas. De modo que, mientras por un lado se intentaba tapar la gravedad del asunto, todos los mandatarios europeos habían sido llamados para enfrentarse a la realidad y el español no era un excepción. El presidente del gobierno fletó un avión con sus ministros y asesores más cercanos y pusieron rumbo a Bruselas desde el aeropuerto de barajas, que a esas horas comenzaba a llenarse de ciudadanos que no creían las versiones oficiales.

Sobre las tres de la mañana, más o menos a la misma hora en la que el presidente del gobierno español era llamado a Bruselas, Guillermo, piloto del avión presidencial, era mordido en el hombro por un loco que se le abalanzó por la calle, volviendo de una cena familiar. Tras un forcejeo, el atacante cayó al suelo y su cabeza impactó contra un bordillo, abriéndose como una calabaza. La policía llegó en pocos minutos y Guillermo explicó que no tuvo más remedio que defenderse. Ante el asombro de Guillermo, los policías se llevaron el cuerpo y no le pidieron más explicaciones, le dejándole en la calle sin más. El piloto olvidó comentar que el atacante le había mordido.

Guillermo subió a su piso y se puso cómodo justo a tiempo para que le llamaran de urgencia para presentarse en Barajas. Salió a toda prisa mientras las sirenas comenzaban a atronar por la ciudad.

Las fronteras estaban fuertemente vigiladas por policía y militares, e Irún no era una excepción. Los dos puentes que unían Francia con España eran auténticos fortines militares que, si bien no cortaban el paso, ejercían tales controles que poca gente lograba pasar, y los atascos se multiplicaban por la ciudad fronteriza. Ese tipo de atascos, creados en muchas ocasiones por las fuerzas de seguridad del estado, fueron el caldo de cultivo ideal para la rápida sucesión de acontecimientos que ocurrieron en las siguientes veinticuatro horas por todo el mapa.

Guillermo volaba junto a su copiloto a casi novecientos kilómetros por hora mientras la enfermedad avanzaba por su sistema nervioso aun más rápido. Comenzó a sentirse mal y a tener sudores, por lo que, tras excusarse, se metió en el lavabo a refrescarse. A veinte metros del lavabo, el presidente del gobierno español viajaba reunido con los ministros y militares de más alto rango. 

El piloto entró en el lavabo y comenzó a sudar de manera abundante. Le sobrevinieron unos mareos muy fuertes que le hicieron perder el equilibrio con una sacudida del avión que, en una situación normal, no hubiera pasado de un pequeño traspiés. Guillermo se golpeó la cabeza contra el espejo, rompiéndolo, y acto seguido cayó de espaldas, rompiéndose el cuello contra la pequeña taza de aluminio del lavabo. A los pocos minutos, el cuerpo de Guillermo comenzó a agitarse mientras un virus desconocido comenzaba a tomar el control. 

Nueve mil metros por debajo y a unos trescientos kilómetros de donde Guillermo moría, en el aeropuerto de San Sebastián, que estaba ubicado en el pueblecito costero de Hondarribia, la torre de control tenía un día más ajetreado de lo normal. El anodino tráfico aéreo diario, se había convertido en un ir y venir de aeronaves militares y de decenas de particulares que querían usar sus aviones para irse a las numerosas islas del país, e incluso a islas de otros países. Parecía increíble, pero algunos medios comenzaban a hablar de muertos que se ponían en pie. 
Gaizka no se creía nada. Pensaba que era otra patraña más de los gobernantes mundiales para que la gente dejara de pensar en la crisis. Como la gripe aviar, esta enfermedad o lo que fuese coparía los titulares durante un tiempo, y luego se iría diluyendo entre otras nuevas "amenazas" al orden establecido. Para él, lo único importante es que tenía que haber acudido a su puesto de controlador tres horas antes de lo normal porque su compañero se había sentido indispuesto y guardaba cama en casa. Y para colmo, había diez veces más tráfico de lo normal. Llevaba ya cinco horas de trabajo y le quedaban, por lo menos, otras tantas hasta poder salir. 

Entre el ir y venir de las aeronaves militares, apareció en su radar un avión cuya identificador le resultaba familiar. Correspondía a un Airbus A310 y, antes de que él mismo se acordara, una voz en su radio lo hizo. Era el avión del presidente del gobierno, por el tono del copiloto, Gaizka se dio cuenta de que tenían problemas a bordo. Le informaron de que debía limpiar la zona, ya que tendrían que hacer un aterrizaje de emergencia. Esto sacó de su sopor a Gaizka, comenzó a establecer contacto con todos los aviones de su radio de actuación para informarles de la situación, mientas se preguntaba una y otra vez la razón por la cual la persona que le informó sobre el aterrizaje del A310 se identificó como copiloto. 

A los quince minutos de la llamada de emergencia, Gaizka ya era capaz de ver el Airbus del ejecutivo español. Los bomberos y demás efectivos de emergencias del aeropuerto estaban preparados para lo peor, y aguardaban con nerviosismo el aterrizaje. Nada más ver el avión, el controlador, natural de Irún, supo que algo iba mal. No estaba en la posición correcta y se encontraba desplazo unos grados hacia la derecha con respecto a la zona de aterrizaje. 

El avión, de casi cincuenta metros de largo, iba directo a una catástrofe. Si no cambiaba el rumbo, impactaría de lleno contra la torre de control, donde un pálido Gaizka, estaba paralizado por el terror, sin poder mover un músculo. A menos de seiscientos metros de la torre, el A310 logró virar un poco, lo suficiente como para no estrellarse de lleno contra la torre de control, pero no lo suficiente. La última sección del ala izquierda reventó el último piso de la torre, donde se encontraba la sala principal de control y Gaizka, que recibió el impacto del ala y reventó, literalmente, esparciendo sus restos por decenas de metros. 
El avión siguió su curso sin la punta del ala y golpeó con violencia el suelo. El ala que impactó contra la torre de control comenzó a arder mientras el avión recorría a toda velocidad la pista del pequeño aeropuerto. Los metros se acababan y los tanques de combustible del ala izquierda, rebosantes de queroseno, amenazaban con estallar. A unos trescientos metros del final de la pista, el avión, ya a unos más lentos cincuenta kilómetros por hora, viró bruscamente a la izquierda, llevándose por delante dos coches de bomberos y varias avionetas particulares, y terminó empotrándose contra un hangar. Acto seguido, el ala izquierda estalló, levantando una bola de fuego que se vio a cuatro kilómetros de distancia. 

Este evento cambió para siempre la comarca del Txingudi, haciendo de ella una de las zonas más importantes del país, y uno de los primeros bastiones de resistencia de la humanidad.